lunes, 1 de agosto de 2011

Del playstation al papalote


Marel González Escobar


Los cubanos llegan a casa estremecidos del playstation  al papalote. Las familias corren a los cines para sumarse al juego, temerosas de la última tanda. Se frustraron el calor y la butaca incómoda. Dos niños y una buena historia sacuden, emocionan y hasta "empinan", como los mejores papaloteros, a millones de personas.
Es su reciente travesura.  El más inquieto del “piquete”, Ian, sonsaca sensibilidades, y desempolva valores  medio extraviados en  los vericuetos de la vida, esa que no muerde y sonríe a todos con las mismas ganas.  Se le mira en "chivichana",  a un lado la corbata ceremonial, loma  abajo  por  los barrios de la Habana, Santiago de Cuba, o Camagüey.   

En el centro de Holguín, uno de los portales se llena cada dos horas, y vuelve. El Cine Martí se desborda en visitas. La gente anda junto a “los nativos” en suceso que no discrimina edades.  Nietos y abuelos asisten al aula, se pierden en una guagua,  lavan botellas y lo mejor, piensan.  El papalote echó a volar…

martes, 12 de julio de 2011

miércoles, 29 de junio de 2011

¿Quién le cuelga la "a" al gato?



Marel González Escobar.

Bastó con que despidiera los olores de la cañada, para confirmar su sobresalto frente a “la gran ciudad”. 
Demasiado ruido, luces y tantas personas a la vez, le robarían el oxígeno.
“Cómo pasar inadvertida con este cantao que me regaló la loma”, pensaba.

Un concierto de ruedas y raíles acompañó las imágenes en su cabeza.  Después de 16 horas de viaje, Carmen estaba en el corazón de la capital sorteando los guiños de los semáforos en enormes avenidas, donde la otra orilla se le convertía en un desafío para atletas.

Tendría que lucir “guajira refiná”, dijeron mientras preparaba sus maletas.  Pero ella siempre sería fiel a sí misma desde su gracia campesina.

Carmen era una de las pocas mujeres que había decidido tomar un pedazo de tierra holguinera,  y hacerlo parir con  manos propias. 
Para su padre, el hecho fue un atrevimiento, una aventura más; para su abuela, una ofensa a las faldas de la familia.  Pero allí estaba, animada a contar su historia.

La amapola…

La conocí en una sala de conferencias, vivos su acento, gestualidad y los olores de la montaña frente a todos y todas, como escuchó reiterar, sin entender mucho, a quienes hablaban de género durante la sesión que me interesaba reseñar.

 Aquella holguinera era de las cubanas que había hecho suya la tierra, desde la siembra hasta la cosecha, cuando la voz femenina de la familia, nunca antes había sobrepasado el portal de la casa.  
“Al principio fue difícil acabar con el marabú, pero ahora mis áreas están listas para la primera recogida”

Así refirió en entrevista frente a un reportero que pretendía convertirle en el personaje de su historia por ser mujer y bicho raro. Lo descubrió en su mirada de cubano machista bajo el disfraz de lo que, a su juicio, se  debía decir y no sentía.
 
“Casi me planta una amapola bajo el sombrero, porque la mujer cubana no podía dejar de ser femenina, ni con un azadón en la mano”, me comentó riendo las señas de su debut en un reportaje para la televisión.

Lo cierto es que Carmen le había colgado una  a  a los beneficiados por la entrega de tierras en usufructo; más de 10 mil habitantes de la provincia de Holguín ponían a producir los terrenos abandonados en las manos del ocio.

“Pero más difícil fue arrancar el marabú de sus mentes, y que me aceptaran determinando cuando, dónde y qué sembrar. Supuestamente debía estar en casa, donde había mucho que hacer por la comodidad de la familia”

Entonces volvió a su silla, en aquel salón que ya le parecía como casa propia, donde encontró experiencias de uno y otro lado del país, hablando en similar lenguaje más allá de una corbata, de una amapola y un podio.  Mi  cámara regresó con el conferencista.

De faldas y corbatas …

La organización patriarcal, dividió responsabilidades entre hombres y mujeres. De tanto romper almanaques, el tiempo hizo algunas concesiones, sin embargo, en Cuba  respira la herencia que acariciaron nuestras abuelas y abuelos.
Los estereotipos de género se alimentan del imaginario colectivo, y este, a su vez, les reafirma.

 Aunque en ocasiones desde el silencio o sin advertirlo, los medios de difusión masiva favorecen el ciclo.  Y no se trata únicamente de repartir la a o la o en el discurso de un producto comunicativo, sería demasiado simple, sino de modificar la mirada respetando la  capacidad, la inteligencia, lo diverso y múltiple, en un espacio común. 
 
Será arduo desbrozar el camino, en una sociedad machista, transformar el pensamiento, provocando maneras diferentes de obrar frente a la familia, a la sociedad. Es más difícil que colgarle cascabeles a un ejemplar gatuno, como dice un buen amigo, pero reconocer la necesidad de hacer, ya es el primer paso. 

Urge una práctica desde la ética, pues nada resultará totalmente azul, rosado o negro en este mundo.

Carmen, campesina de estreno en el surco, guajira de alma desde su nacimiento, procuraba razonar cada frase pensando en  su historia, a cientos de kilómetros de la montaña.  Preguntaba sin remilgos,  y a media mañana ni siquiera advertía mi cámara.

El tren …

Al final del día  “la gran ciudad”, dejó de aplastarle, y anduvo más segura las inmensas avenidas al reconocerse a sí misma.  Conversó con  ese “cantao” que disfruta más por ser suyo, diferente, natural. 
Volvió consciente de no ser bicho raro, como alguna vez le premió un reportero en “la tele”.  Paso a paso  comenzaba a mirar el mundo desde otra perspectiva. Descubrió que los acordes de ruedas y raíles, en tren de vuelta a la loma,  armonizaron mejor con las imágenes que cruzaban por su cabeza, mientras buscaba la manera de colgarle, en lugar de cascabeles, la a al gato.

martes, 24 de mayo de 2011

¡Por fin mojados!


Marel González Escobar
 
 Los  aldeanos le  recordaban  con  nostalgia, pero  ella,  pícara, no  se  dio  por  enterada  de  su  larga  ausencia.  Doctores,  comerciantes, campesinos, periodistas, poetas, y pintores miraban al  cielo.  Con ojos  y  pies  mojados,  trataron  de  desentrañar sus planes,  pero ella,  presumida no dio señales. De boca en boca, su nombre  anduvo en las plazas y calles. 
Más de una vez prometió el regreso, y más de una vez dejó a todos con los preparativos del recibimiento. Pero este martes, burló aquello de "ni te cases, ni te embarques",  resuelta humedeció los diarios en primera plana.  

La  lluvia había  vuelto a  la  ciudad…

martes, 15 de febrero de 2011

Dos “Migueles”fuera de juicio.


Marel González Escobar.

El camino lució más largo de lo que habían anunciado guajiros y señales.  1,2,3… 8 kilómetros después del desvío, y la finca de “Los Migueles” parecía haber silenciado el cantío del gallo.  
 Los vaivenes del jeep desarmaban hasta los pensamientos. El polvo, y el cielo libre de nubes revelaban el desempleo de San Pedro. 
Por fin acabaron  senderos, veredas, y trillos, en el  barrio  conocido  por “El Asiento”, no había más.   El pasto intentaba redimirse donde creció la maleza, surcos recién labrados sonsacaban la admiración de quien vio una vez aquellas tierras vencidas por el marabú.  
Uno de “Los Migueles” galopó a la señal de los intrusos. Amplio tejido de yarey sobre las sienes más que por el sol, por la elegancia  que supone, ser un auténtico campesino.  Lo aprendió de su padre amante de las tonadas, del taburete y la guayabera de domingo.  Hombre de piel curada por los rigores de campo, y a quien sólo conseguimos quitarle la vista del machete y la lima por unos 2 segundos.  

¿Vio que lindas están mis tierras?
 La pregunta sucedió al saludo con rapidez, mientras el holguinero, “bien comido”, como diría mi abuelo,  sonaba las espuelas en presumido gesto.

Un buen día se decidió, y firmó aquel papel, asegura.  Casi 14 hectáreas recibió Miguel Ángel Morales en calidad de usufructo, al amparo del Decreto Ley 259,  puesto en vigor en Cuba, desde el año 2008.
Algunos dijeron que estaba fuera de juicio para enfrentarse a aquel amasijo de pinchos que no permitían el paso,  pero el muy tenaz se hizo de oídos sordos.

Poco a poco, mi viejo y yo fuimos cortando el marabú  machete y hacha en manos.  No le dimos tregua.

Casi no termina la frase; se dispone a trasladar el ganado.  Su voz cruza del otro lado del potrero.

¡Ooooohh!, Margariiiiiiiiita… Ooooohh!.. Vamos, vamos…

Va adelante, detrás, vuelve, gira y vocea sorteando las bostas que fertilizan la tierra.  Al fondo, el sonido del hacha no quiere perder el protagonismo de mis párrafos, y los olores a tronco de marabú recién cortado, desatan todos los mohines posibles en el rostro de un camarógrafo con zapatos de ciudad.

Al marabú se acaba,  pero hay que entrarle poco a poco, si le entras con rabia te mata. 
70 años hacha en manos, carga el padre.  La risa condimentó las últimas sílabas, que sugerían un desafío a los cobardes. A  su hijo le dejó ese pensamiento, además de su nombre.

Ganadero en tierra nueva, y el surco también agradece.  Miguel Ángel,  el heredero, se convirtió en campesino de la Cooperativa de Créditos  y  Servicios Miguel Expósito González, en Velasco, municipio de  Gibara.  

Los  cultivos  varios  y  la  ganadería conquistaron a  más  de 10 mil hombres de la provincia de Holguín,  donde el marabú, se convirtió en historia. Quienes dudan,  pueden preguntar de paso por unas 77 mil hectáreas de tierra en las cuales reinó el ocio una vez.   Terrenos, por olvidados,  casi redescubiertos,  a la conquista de gente osada, y sin remilgos.
 
Los  municipios de Holguín, Calixto García y Mayarí, respondieron al mayor número de solicitudes de tierras.  El Ministerio de la Agricultura en la provincia de Holguín,  se propuso agilizar los  trámites, y sumar brazos que hiciesen parir los terrenos.

 Justo en la cintura del día, una pausa.  La pelea es más fuerte cuando el sol y el marabú conspiran del mismo bando.  Aún las espinas aguijonean a la mitad de la finca, mientras el frijol crece, y Margarita camina como modelo de pasarela, en sus cuatro patas, enseñoreada por aquellos predios hechos potreros para ella.  
En poco tiempo,  padre e hijo volverán a la carga para seguirle despejando   el camino a su ganado, y aquellos que le creyeron fuera de  juicio, les  devuelven la razón.   




domingo, 6 de febrero de 2011

José Martí, ética del más tibio gesto.


Marel González Escobar
Conquistador de las más cálidas esencias  del ser  humano.  La sensibilidad le anduvo de pies a cabeza,  de  pluma y porte, de pasión, de gestos y convicción hasta las sienes.  Amante de su  patria, del acento latinoamericano orgullo de tardes  y madrugadas  en Madrid,  México, Tampa o en su hamaca de la  manigua, asida dos troncos que despedían olor a Cuba.
El  hombre más simple del Bravo a la Patagonia, cargó la confianza  de  alguien que amó a su madre entrañablemente, y  acarició  las  heridas  de Lino,  si mirar las suyas.  Un  cubano  de  movimientos  rápidos y mirada lánguida, estremecida  por sus sueños,  y convencida del camino ineludible cuando se empedrada éste de libertades escamoteadas. 
La trascendencia de la ética  martiana reposa en  su apuesta por el afán  transformador del hombre,  colocados los ojos en la dignidad, la  justeza,  en las  nobles causas, el deber sagrado y el bien.  Y  así lo confirman sus letras:
"La honra puede ser mancillada, la justicia puede ser vendida, todo puede ser desgarrado. Pero la noción del bien flota sobre todo, pero no naufraga jamás."
El bien como conducta alimentada desde los primeros años de la existencia, puede  sobrevivir  a las asperezas de la vida.  En José  Martí, se libera más allá de las relaciones interpersonales para alcanzar una proyección social que promueve el amor al prójimo, a nuestras raíces, su  identidad, al pueblo, a la nación, y desencadena un hondo sentimiento patriótico. 
Hacer por los demás, y defender la justicia, fueron hilos imprescindibles que aseguraron cada gesto desde comienzos de su vida.
Sufrió frente el negro lastimado,  padeció entre los retenidos en presidio, y se  estremeció ante  los avatares de los pueblos indígenas. En verso y prosa insufló el respeto a la persona, credo e identidad. 
“Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.”

La cultura cubana creció en combate contra lo que  lastraba la independencia nacional, y José Martí fue prócer de aquella batalla desde el exilio aunando voluntades,  en las  oraciones  que  escribía  a María  Mantilla,  o con el pensamiento puesto en caballería mambisa,   galope irrevocable bandera en alto, toque que arrastraba a los patriotas,  desprovistos, extenuados por las  severidades de la manigua, pero  dispuestos.
Sus artículos revelaban principios  de poderosa fuerza ética en alerta, convocatoria y análisis.   Aquella prédica rige el patrimonio espiritual de la nación cubana. La acumulación de tradiciones de lucha, riqueza de pensamiento,  visión  más allá de  las  costas  de  una  isla desangrada.  
Avizoró  las  intenciones de Norteamérica, y  condenó  la  asimilación  de  patrones  con  acento  foráneo,  advirtió el peligro de la admiración servil a lo proveniente de los Estados Unidos:
"Imitemos. ¡No!- Copiemos. ¡No!. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse.”
Así  escribió el  apóstol, el ser humano ajeno a la frialdad que presume el traje del héroe increíble de tan perfecto.   El  mismo cubano que subrayó al susto, con su pensamiento en Carmen:
“Si  no la  trajera a mi lado, textualmente, moriría…”
Aprender  de  su entereza, pasiones y sensibilidad,  hará  mejores  seres  humanos a nuestros  hijos. 
Verle  sin almidones,  ajeno a  la  estatua, al busto,  y  sí en  la  profundidad  de su  pensamiento,  en la ética de su más tibio gesto, confortará a una tierra de indios, esclavos, de revoluciones y dignidad resuelta.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Hermosa vista, la de “Vista Hermosa”



Una vez a la izquierda, dos a la derecha, la tienda del pueblo, la cañada, pregunta y vuelve sobre el rumbo. Ya falta poco, dijo desde el primero hasta el último de los caminantes. Al encuentro, carretones tirados por caballos, y el saludo imprescindible de los que parecían conocernos de toda una vida.
  “Vista Hermosa”, así le habían bautizado hacía más de 30 años, tiempo suficiente para que los meses abrieran hendijas a su nombre.  184 familias vivían en aquella comunidad de edificios en el  municipio Calixto García, a varios kilómetros de la ciudad de Holguín.
Rigoberto llegó un sábado, 12 años antes que nosotros.  Su travesía fue más sencilla por el atajo.  Aún medio indeciso y con la disyuntiva que siempre promete salvarnos la primera vez, decidió probar suerte.
 Maestro devenido campesino. Hoy es él quien aprende las lecciones de un pedazo de tierra, a fuerza de surcos truncos y prósperas cosechas.
Lo encontramos de vuelta por el sendero que conduce a la comunidad. Los vecinos le gritaban palabras al juego, y él respondía con gracia. Machete a la cintura y sombrero, inseparables prendas. Un hombre jaranero quien se mira, dice, más animado por estos días.  La “Vista Hermosa” de su pequeño barrio, rescata valores para no defraudar a su nombre. 
La pintura chamuscada reconquista colores, el comején perdió la cena en viejas puertas y ventanas de madera. Otras nuevas las sustituyeron,  mientras más cerca del cielo,  impermeabilizan  cubiertas, eliminan fugas hidrosanitarias, y mejoran redes eléctricas.
Las  acciones se extienden a 11 comunidades de la provincia de Holguín durante el presente año, como parte de un Programa de Rehabilitación de Edificios Multifamiliares. 
Brigadas del Ministerio de la Construcción, el Poder Popular y la  Empresa de Conservación, Rehabilitación y Servicio a la Vivienda, ejecutan las obras en  los  municipios holguineros de Mayarí, Moa, Calixto García  y Rafael Freyre. 
“Estamos esperando que reparen las aceras, y las calles, dicen que eso también viene”,  agrega Rigoberto, ya detenido a conversar, cómodo, como si no hubiese más para su día.

Más de mil 900 familias de la provincia de Holguín, percibirán la transformación de sus barrios cuando concluya diciembre.
A punto del medio día, vereda arriba, justo cuando el perro más odia a su amo, salimos por el atajo.  Atrás,  la polvareda del fin de la mañana, y encima, los apuntes para esta historia, en cuyo final  Rigoberto, un maestro convertido en campesino,  se resiste a la idea  de regresar a la ciudad.